Debatir
para evadir
Jorge
G. Castañeda
La discusión por el proyecto de sentencia de Arturo Zaldívar
en la SCJN sobre la legalización de los clubes de cannabis ha puesto de relieve
lo mejor y lo peor de la sociedad política mexicana. Magnificó lo que se había
entrevisto hace tres años, cuando algunos ex secretarios de Estado de gobiernos
pasados, junto con escritores y activistas de hoy, promovimos iniciativas a
favor de la legalización de la mariguana, y cuando legisladores del PRD de
entonces, como Mario Delgado, Fernando Belaunzarán y Vidal Llerenas, procuraron
avanzar en la materia en el DF, así como lo ha hecho Graco Ramírez en Morelos.
Lo mejor:
personalidades de historia política y cultural conservadora dan un paso
monumental, para ellas: avalar la legalización de una sustancia satanizada por
las clases bien pensantes de una sociedad clasista y en ocasiones racista, y
por un pueblo aterrado por las mentiras de gobiernos volcados a una guerra sin
fin. Lo peor: el panaceismo de unos, y la proclividad de la clase política y la
comentocracia mexicanas de hacerse pendejas. Hablé de los panaceos en una
entrega anterior, y Aguilar Camín profundizó en el tema con más humor y
perspicacia que yo. Ahora toca el segundo vicio.
Me refiero a la repetición de la falsa salida de la apertura
al debate. Para evitar cualquier toma de posición, unos y otros recurren ad
nauseam al recurso del debate en abstracto: que se discuta. Tesis esquiva,
medio cobarde y poco productiva, por tres razones.
1) No está en sus
manos decidir si el debate se abre o no. Está abierto, lo quieran o no. En la
ALDF, en tribunales, en columnas. Se da también en universidades, en cenas, en
capitales de la República. Quien desee enterarse de opiniones de comentaristas
o de puntos de vista eruditos de científicos, lo puede hacer fácilmente.
2) Está abierto en el
mundo: en Holanda y Portugal, en Uruguay y Colorado, en la ONU y en la OEA, en
CNN y en las revistas científicas como Lancet. La insularidad mexicana no
obliga al mundo a compartirla: la indigencia de los argumentos contrarios a la
legalización en México sorprende por el desfase entre la sofisticación y
liberalidad de la sociedad capitalina, y el anacronismo de los “antimariguanos”
vergonzantes.
3) Llamar al debate sin tomar partido equivale a sacarle el
bulto al tema. Es una forma típicamente mexicana de abstenerse de adoptar una
posición —por miedo o convicción— sin oponerse a una tendencia ya irreversible
en el camino a la modernidad. Las definiciones tajantes —y aberrantes— de AMLO
y de El Bronco encierran la virtud de la claridad. Las abdicaciones de tantos
otros reflejan el instinto conservador hasta de cuatro generaciones de
políticos mexicanos.




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